Olimpiadas con descontento y sin llama

  • 4 agosto, 2016
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A saber qué requisitos o condiciones son las que el COI tiene en cuenta para designar en qué ciudad llevar a cabo los Juegos Olimpicos cada cuatro años. Entre las finalistas de la edición que arranca el 7 de agosto y que será la XXXI, estaban Madrid, Tokio, Chicago y, la finalmente elegida, Río de Janeiro. En la alborotada Brasil, que ya por entonces, a muchos años vista, se le podía adivinar una crisis de las gordas, la que tiene encima ahora mismo. No es que aquí nos esté comiendo la envidia porque no delegasen tal responsabilidad en Madrid que, dicho sea de paso, si algo se le veía era una lenta, paulatina, austera y tediosa recuperación. Que, en el peor de los casos, es mejor que una crisis económica sudamericana. Aquí lo inteligente hubiese sido Chicago o Tokio, y lo inteligentísimo, Tokio. Que te quitas el marrón de un buen porcentaje asegurado de atentado y los tíos tienen hasta un invento para disuadir al clima en su decisión de dar lluvia en pleno partido de hockey. A los japoneses, desde que les tocaron las narices con las bombas, raras veces les tose alguien. Y, además, tienen pasta y un país muy bonito. Que esto último es, por otra parte, lo único que puede ofrecer Río.

La antorcha ya está recorriendo el país, y a nosotros nos da la sensación de que los nativos se lo están tomando como una especie de provocación y que tienen intereses más urgentes en el estómago que el hecho de que le planten una competición en la esquina que, incluso en términos mundiales, no tiene una gran audiencia. Y de esa audiencia, la mitad busca más la voz de la locutora que comenta la gimnasia rítmica con un respetuoso tono de cuatro de la tarde, que parece más pendiente de no estropearte la siesta que de si la flaca del traje brillante va a clavar el salto. El mundial ya tuvo sus inconvenientes en un país en el que el fútbol es religión, pero a esas alturas la decisión estaba tomada. Los problemas y reacciones del pueblo ante un evento que a más de uno se le antojará jocoso no han tardado en aparecer y a diez días de la apertura de los juegos vimos cómo un grupo de manifestantes abucheaban el paso de la llama olímpica mientras uno de ellos se encargaba de apagarla con un extintor. El descontento de la población es más que notable y la antorcha está haciendo su recorrido protegida por la policía. A esto le sumamos que hay, como rezaba por ahí algún titular, más preocupación que ilusión por los Juegos. Un competidor neozelandés de jiu-jitsu denunciaba haber sido víctima de un secuestro exprés por parte de la propia policía brasileña, y los deportistas van con muchos reparos a esta edición tras haberse hecho famosas algunas amenazas de esa índole. No está el ambiente como para pasearse con una antorcha que te delata como deportista extranjero que viene a ser parte de lo que está enfureciendo a una población con cada vez peores condiciones de vida. Que, más o menos, es lo que significa portar la llama en esta carrera.

Puede que en Madrid también hubiese quien soltase el discurso de que nos hace falta el dinero para otras cosas más necesarias que infraestructuras para un evento de esa magnitud. Pero como la mayoría de las quejas en España, se hubiese quedado en la anécdota. El grueso de los ciudadanos se hubiese comportado con el entusiasmo de un japonés ante un gran evento, y para eso, Tokio. Con su remilgada tradición del espacio vital, su danza química de la lluvia y algo que los retrotrae instintivamente a lo más básico del hombre por muy avanzada que esté una civilización: los palos de aire que agitan como un sonajero. Les encanta. Mientras averiguamos y no qué tenemos que hacer para que nos encarguen acoger otros Juegos Olímpicos, tomemos nota a ver cómo sale la jugada en Brasil y vamos aprendiendo. Aunque, visto lo visto, nos da que es mejor no ser el candidato idóneo.

Texto: Rey Romero (reyromero@laventanacomunicacion.es)

 

Protestas Olimpiadas Rio Janeiro 2016

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