Oda envidiosa en negativo a Pokemon GO

  • 15 agosto, 2016
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De todas las actitudes, hazañas, gestas, características, virtudes, defectos, excentricidades y demás atributos que rodeen la historia y presente del ser humano, sin duda la que más me fascina por exceso o defecto es su genoma para seguir las modas. Por estúpidas que sean. Que normalmente lo son. La moda de leer o la de soplarle a la croqueta antes de metértela en la boca con la bechamel hirviendo todavía no la he visto, pero la del pantalón cagao, colgar fotos desnudos en Twitter o los youtubers que te cuentan a qué saben los cereales del desayuno, esas sí.

Creo que empieza a quedar bastante claro que la proliferación de aficiones con más labor de marketing que de la personalidad de sus seguidores ha aumentado considerablemente con la comunicación en Internet. Especialmente con las redes sociales a las que tanto nos debemos en esta casa. Lo del Tamagotchi ya acojonaba y, si nos ponermos conspiranoicos, podemos pensar que la aplicación Pou era el último test de estupidez al que nos sometieron la malvadas mentes del ciberocio.

Después de tanta prueba, ha llegado un producto absolutamente brillante para goce y disfrute de un sector de la población desconcertantmente sugestionable.

 

Me cagaría en todo si no estuviese tan feo decirlo, ¿pero desde cuándo no se sabía nada de los Pokemons antes de la aplicación revolucionara con el sufijo GO? Me consta, porque me he informado sin querer a medida que en las conversaciones del bar las mujeres y el rock and roll han sucumbido a la historia de la industria Pokemon, que el videojuego fue antes que la serie. Tiempo atrás. Eso me alivia ligeramente. El juego lo desconozco, como la versión actual, pero la serie era un truño. Una sucesión de capítulos de 20 minutos que se repetían mañana de sábado tras mañana de sábado y que incluso conseguian amargarte el colacao. Una aceptación de la cultura nipona más fanática, vacía y de fantasioso absurdo argumental, que enloquece con todo lo que tenga trasfondo y anime con aspiraciones occidentales. Como los ojos de las Saylor Moon, más redondos que los de Lola Flores o los nombres de los personajes de Campeones: Tom Baker, Oliver Aton o Mark Lenders. De las dinastías Baker, Aton y Lenders, que reinaron en Japón entre el 15 y el 4 a.C., por supuesto. Pero, de repente, ahí está en boca de todo el mundo, desde frikis que llevan toda su vida dedicados al lema “hazte con todos” a los que hasta hace dos semanas los señalaban con el dedo y los llamaban frikis. Neófitos del juego. Entregados al encanto existente en todo esto de estar como una puñetera cabra.

Puede que a la apertura del orificio por el que nos han metido la idea de cazar monigotes inexistentes no solo contribuyesen los antecedentes referenciados arriba. Al fin y al cabo, son un grupo de gente que sale a la calle a buscar cosas que existen virtualmente pero de los que poca constancia se tiene de su presencia real. Lo mismo que ocurre con el trabajo, que también existe de manera virtual y la gente sale a buscarlo, genera menos interés que encontrar a Pikachu, pero alguno hay que lo hace. Como parte de la proliferación de aplicaciones, las hay que te dicen dónde hay un trabajo, la gente va como loca a cazarlo, le dan al botón de cazar y ahí queda la cosa. Exactamente lo mismo que el juego. Así que aquí cabía esperar que gustase el invento.

Lo que abre una puerta a pensar que aunque no los veamos, los muñequitos japoneses podrían exitistir. Pensar lo contrario es perder la fe en el sistema. Para mí está claro.

 

Pese a todo esto, hay una reverso positivo para el ser humano, concretamente para el ser humano al cargo de la comunicación de la factoría Pokemon, al menos desprovisto de connotaciones morales, éticas o productivas para con el resto de la especie. Ese reverso es que, particularmente, tanto invento como capacidad para posicionarlo, y de qué manera, entre el público me parece una auténtica virguería del ingenio del hombre. Aceptamos hombre como genérico.

Cómo un producto rodeado de todo lo que hasta ahora se ha expuesto, incluido que la serie no la veía ni la décima parte de la gente que le está dando a la aplicación, ha conseguido conquistar a medio planeta y tenerlos enganchados.

 

Hay más gente conectada a Pokemon GO que a Twitter en este momento. Alucinante. ¿Cómo consiguen que la gente pase de mirar raro al que juega a explicarte cómo encontrar un bicho de esos? Es difícil, como comunicador y creativo, dejar de sentir cierta admiración cargada hasta el ceño de envidia. Se pasa uno días moldeando una idea, tratando de no dejar cabos sueltos, de ser original y de hacer que el público le preste atención. Y con esfuerzo se consiguen unos resultados satisfactorios al menos. No digo que el juego no tenga trabajo detrás, pero, joder, que la clave del éxito desorbitado haya sido fusionar un videojuego infantil con el Google Maps para tener enganchados a millones de adultos descoloca. Me dan a ganas de darle una metralleta a una de mis neuronas a ver si provoca un holocausto dentro de mi cerebro que me ayude a comprender algo.

Texto: Rey Romero (reyromero@laventanacomunicacion.es)

 

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