Gran Hermano, la efeméride que celebra una conducta

  • 2 octubre, 2016
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Me asomo con espíritu voyeur a la ventana indiscretísima que en la mayor parte de su tiempo y usos es Internet, y lo que veo me resulta un tanto inexplicable. Nos encontramos a finales de septiembre, en esos días en que las altas temperaturas rezagadas y las bajas presiones tempranas se reparten la semana. En las primeras noches de vuelta a la rutina las televisiones ponen toda la carne en el asador para hacerse con la mayor parcela del prime time entre la cena y el sueño. Las ocurrencias más casposas de cada equipo de guionistas invanden nuestros salones y, entre ellos, una vez más, aparece uno de los programas más longevos de nuestras parrillas. Ha empezado Gran Hermano 17. Diecisiete, nada menos.

Las reacciones en las redes sociales no se hacen esperar. Hoy día cualquier excusa es magnífica para darse patadas en el culo por ser el primero en dejar constancia de que el ingenio propio ha ido más rapido que el del resto. Más rápido, no mejor. Luego vas a ver el mismo comentario unas cincuenta veces más, sin contar los compartidos ni los me gusta. Los memes aparecen por doquier. Uno muy demagogo presenta una progresión aritmética en la que la tasa de abandono escolar y el número de ediciones de Gran Hermano se corresponden de manera directamente proporcional. Es decir, a mayor número de temporadas en un país, mayor es su tasa. Siendo la nuestra de entre un total de cuatro banderas la que goza de las cifras más altas en ambos campos. Otro derroche de mordacidad gráfica se lo marca el autor de una foto en la que un mando a distancia aparece con una chincheta con el clavo hacia arriba en donde los demás tenemos el número cinco con un letrero que reza “Ha empezado Gran Hermano 17”, este es recurrente con cada edición. Y en ese plan un largo etcétera de sátira de andar por casa.

Y ante este panorama empieza mi frustración. Mi alta autoestima se empieza a ver vilipendiada por mi insuficiencia intelectiva. Las preguntas me asaltan una tras otra sucediéndose como los vagones de un tren que arrolla mi velocidad de discernimiento. Uno, más o menos, sobre todo en Facebook, conoce de algo a sus contactos. Salvo ese borracho que te agregó la mañana siguiente a que asistieras a una improvisada clase magistral sobre algo que había leído esa misma tarde en un panfleto, la mayoría de tu lista de ‘amigos’ la forman excompañeros de clase, amigos (de verdad), amigos de exparejas, familiares, compañeros de trabajo, gente del pueblo de tu familia, etc. Y por poco que los conozcas, como se empeñan en compartir su mundo interno con el resto del planeta, sabes quién se traga las mamarrachadas de Cohelo, quién se hace fotos con Paquirrín si se lo encuentran en una discoteca, quién etiqueta a su pandilla al compartir la canción del verano con un comentario de “hoy a darlo todo”, quién tiene el mal gusto de reírse con los putos vídeos de Mundo Ojeda y quién comparte posts de autoayuda. Es como confesarse para comulgar. La obviedad por concenso de que el barco, capitaneado ahora por Jorge Javier Vázquez en su última exhibición de talento para gestionar la mierda, es un blanco fácil para expiar los pecados… funciona. La tele tiene cosas malas, tan malas que se puede presumir de no verla. Pero hay que hacer gala de leer El Código Da Vinci o las puñeteras cincuenta sombras porque, huelga decir, leer siempre es de listos y la tele es de tontos. Uno piensa en toda esa contradicción y se ve completamente incapaz de entender nada.

Y sabemos todo esto porque se expone y se consume. ¿Qué tiene de trasfondo Gran Hermano que no tengan Facebook o Instagram? Y ahí estan todos con la conciencia recién fregada. Las dos piernas ilesas y siendo el azote de L. B. Jefferies. El bueno de Jeff al menos era un fotógrafo empedernido, tenía una cámara de largo alcance, una ventana, insomnio y estaba físicamente impedido. ¿Qué más podía hacer? Y total, solo fueron unas horas. Sin embargo, todos los que condenan sin dudar la mala praxis de la cadena odiada por cualquier aspirante a cultureta que se precie hacen gala de un voyeurismo vil de patio de vecinas. Eso sí, perfectamente aceptable por los códices de la nueva moral. La televisión, desde su aparición, refleja con meticuloso escrúpulo la sociedad que la produce y consume. De nuestra conducta se deducen nuestros intereses como el agua resulta de derretir el hielo. Que no es por defender Gran Hermano, esa celebración de nuestra forma de ser más profunda como sociedad. Os lo juro.

Texto: Rey Romero (reyromero@laventanacomunicacion.es)

 

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