Extranjero por moderno

  • 9 junio, 2016
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La vida en la ciudad proporciona tantas o más musas para la escritura como el amor, el desamor, la naturaleza o un entrenamiento de Cristiano Ronaldo. Son los tiempos que soplan. La vida en una ciudad tan reminiscente al tiempo que moderna como puede ser Sevilla es una fuente inagotable de situaciones que, al análisis, bien podrían haber salido de una película de Berlanga. Es una de las razones por las que no puedo dejar de utilizar el transporte público. Sus conversaciones pilladas al vuelo, mezcladas entre ellas, viniendo del asiento delantero, del trasero o vociferadas desde la última fila del vehículo, son uno de los mejores espejos en los que mirar cómo afecta la vida moderna a una ciudad que se adapta, digamos, a su manera.

Viajaba un servidor en esa cápsula de la aventura intraprovincial que es el autobús M-132. Yo no podría dejar de usarlo por lo dicho, pero también recomiendo no empezar a hacerlo. El barriada es al transporte público lo que el tabaco a la salud. No quise poner cara a las dos personas –de las que ni siquiera diré el sexo– que conversaban sentadas a mi espalda. Para mí son la manifestación abstracta y concreta de una actitud en alza que pulula en nuestra época. La de sacudirse el catetismo a costa de viajar.

Entre la parada de Factory Dos Hermanas, donde ambas personas coincidieron, hasta la del Benito Villamarín, donde una de las partes se apeó del trasporte, la conversación fue un monólogo de una de ellas sobre las maravillas escondidas en memorables esquinas del mundo. Y lo de memorable no es un adjetivo elegido al azar. Los nombres estaban memorizados. Nota: cada tal en la conversación es un nombre que no recuerdo con la misma facilidad que otros más familiares como calle Baños o El Porvenir.

–¿Has estado en Tailandia?

–No.

–¿No? –exclamaba incrédula la persona de mundo–. Tienes que ir hay una plaza que se llama tal y hay un puesto que le dicen el tal y que te ponen tal. Es un rollo como los que hay en Holanda… ¿Has estado en Holanda?

–Qué va. Quiero ir.

–Tienes que ir. En la calle tal hay una cosa como la que te he contado, solo que allí lo hacen de otra manera.

Así, todo un sucesivo alarde de conocimiento y escudriñamiento de ciudades más allá de los Pirineos, del Estrecho de Gibraltar e, incluso, del McDonald’s. Una auténtica vacilada nómada documentada en todo momento por su perfil en Facebook y el de Instagram. Notarios estos de las hazañas de escaparate del homo moderno. Ahí donde se deja aparente constancia de que uno no repara en el sofá de casa ni para la siesta mientras haya hamacas en Perú. En las redes ocultamos nuestra parte humana, cotidiana, tediosa y rutinaria. Ni siquiera en el selfie del baño la ropa interior es arbitraria. Esa que desarrollamos en el lugar en el que habitualmente estamos, donde nunca pasa nada. Donde lo hacemos casi todo a diario.

 

«Y bien sabido es que la mala publicidad empieza por una buena sarta de mentiras»

 

La despedida entre monologuista y acompañante denotaba que el autobús formaba parte de su rutina con un «bueno, pues mañana nos vemos otra vez». A la frase le seguiría desenmascarar el borreguismo inherente al hecho de que viajar es una moda y que la comunicación de esta actividad es fundamental para ocultar la realidad más pura de la epifanía cosmopolita de las redes sociales: el entorno nos importa una mierda si no podemos presumir de él. Una vez nuestro sujeto de estudio se quedó solo, hizo la llamada detonante. «Estoy llegando. Sabes dónde me tienes que recoger, ¿verdad?». Una vez más, el estoy llegando señalaba que conocía el trayecto. «A ver, te explico. La parada es en la calle esa, la que está al lado de un parque que hay una estación. Que detrás tiene el parque de la Plaza de España (qué menos). Sí, hombre. Que hay un bar, el Renault o algo así». Se ve que conocer la Avenida de Portugal, el Prado de San Sebastián, el Parque de María Luisa o el mítico Bar Citroen no es algo que necesites saber si vas a vivir en Sevilla. Eso no viste. Solo eres tú en tu día a día. Y bien sabido es que la mala publicidad empieza por una buena sarta de mentiras.

Así que ya sabéis, la próxima vez que andéis en la ciudad tratando de encontrar una dirección desconocida, podéis consultar el Instagram de vuestro amigo de la Erasmus para preguntarle dónde queda la calle de esa foto que tiene tan chula en la que la fachada de tu casa aparece de fondo.

Texto: Rey Romero (reyromero@laventanacomunicacion.es)

 

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