El mundo tras el cristal

  • 10 abril, 2017
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Llueve mientras desayuno. Es un día gris con un viento violento que azota las ventanas y provoca un estruendo incómodo que solo suscita tristeza y ganas de volver a la cama. Pero no, hay que trabajar. Un poco al menos. Abro el ordenador. Una visita a las redes sociales a modo de calentamiento y mentalización no hace daño. ¡Qué maravilla de día! No me puedo creer que todo lo que veo pase en un día que se preveía tan oscuro.

Resulta que un amigo está recogiendo firmas para cerrar un zoológico que maltrata a sus animales. Inmediatamente pensé en una compañera de clase que siempre andaba buscando ayuda para perros abandonados. Seguro que se llevarían bien. Esas cosas le alegran a uno la mañana. Pero eso no iba a ser todo. Qué va. Vi a un montón de gente diciéndose unos a otros que se querían, así, sin motivo aparente, con corazones de colores y todo. Una amiga de una amiga le decía a esta que estaba guapísima y otro conocido por ahí, muy afortunado, era llamado “hermano” por un chaval con el que no guardaba parentesco alguno. Hermano, eso es amor.

Uno se siente orgulloso de formar parte de una gente tan estupenda. Me uní a un grupo de hombres que aplaudían y difundían un discurso contra el machismo. Dios, estoy deseando verlos. Esa gente sí que vale. Y me sentí muy orgulloso de conocer gente a la que le preocupaba profundamente la explotación infantil y que llamaba a sus conciudadanos a rebelarse contra los abusos del Gobierno, la injusticia, la exclusión social de las familias pobres y los contratos basura. Ya ni siquiera podía escuchar el viento en las ventanas, estaba invadido por la emoción.

Joder, adoro a esta peña. Había gente interesada en la cultura, que recomendaba libros, discos y exposiciones. Con gente así fijo que no vemos cerrar una librería, que todos los grupos querrán venir a nuestras salas de conciertos y el arte estará valorado. ¡Y habrá más! Y tendremos un gobierno sin catetos que quiera un pueblo con pensamiento crítico. ¡Vaya día! Vi a un grupo de profesores dispuestos a tomar medidas contra el bullying en los colegios y ya pensé: “ahora sí, he recuperado la fe en el sistema educativo”. Así da gusto formar parte de esta sociedad y trabajar por ella por mucho que te apetezca volver a la cama. Además, por si fuera poco, la gente valora el esfuerzo de los demás y clama en honor a la verdad. En un acto de humildad sin parangón, un grupo de personas dispersas y sin conexión entre sí pedía a los demás, buenos ya de por sí hasta decir “basta”, que cotejasen la información que recibían antes de emprender una causa noble. ¡Es que hasta hay que controlar el ímpetu por hacer el bien!

De verdad que veo todo esto y a veces me pregunto cómo es posible que se sigan maltratando animales, que existan las amistades hipócritas, los desahucios, el programa de Bertín Osborne y demás machismos de barra de bar, que se sigan cerrando librerías, que no se les pague a los artistas por su oficio, que la gente siga sintiéndose a salvo mientras la guerra solo esté en la tele, que se prohíba la música en los bares, y que se le sigan riendo las gracias a un capullo por abusar de un compañero en el colegio y que los profesores digan que “son cosas de niños”. ¿Cómo? En está sociedad tan jodidamente perfecta, comprometida y solidaria. ¿No me estaréis engañando?

Me voy a la calle. Puede que salga el sol.

 

Texto: Rey Romero (reyromero@laventanacomunicacion.es)

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